Segundo Anfiteatro : Juan Mayorga, Reikiavik (Santiago, 8/04/2016)


Reikiavik es una obra sobre el ajedrez, ese arte que, como la vida misma, consiste en memoria e imaginación. También es una obra sobre la Guerra Fría. Y es, ante todo, una obra sobre hombres que viven las vidas de otros.

Bailén y Waterloo están unidos y separados por un tablero. Pero ellos no juegan al ajedrez, juegan a Reikiavik. Juegan a ser Bobby Fischer, Boris Spasski, el árbitro alemán, el guardaespaldas islandés, la madre de Bobby, la segunda esposa de Boris, las novias que Bobby no tuvo, cien niños despidiendo a Boris puño en alto en el aeropuerto de Moscú, Henry Kissinger, el fantasma de Stalin, el Soviet Supremo, el caballo negro amenazando al alfil blanco, los padres ausentes, los campeones muertos… No es la primera vez que hacen algo así, pero sí la primera vez que lo hacen ante un tercero: un muchacho extraviado. Y nunca lo habían hecho con tanta pasión. Porque hoy buscan no sólo comprender qué sucedió realmente en Reikiavik, qué estaba realmente en juego en Reikiavik. Hoy, Waterloo y Bailén buscan un heredero.

Ficha técnica :

TEXTO Y DIRECCIÓN: Juan Mayorga REPARTO (por orden alfabético)

Escenografía y vestuario: Alejandro Andújar Bailén: Daniel Albaladejo

Iluminación: Juan Gómez-Cornejo Muchacho: Elena Rayos

Imagen: Malou Bergman Waterloo: César Sarachu

Espacio sonoro: Mariano García

Ayudante de dirección: Clara Sanchís

El teatro principal de Santiago está lleno. Pese a buscar la entrada con mucho tiempo de antelación no tengo una buena butaca. Nunca he visto a tanta gente en el teatro. Muchos de los asistentes ni siquiera saben como sentarse en una silla sin tapar la visión del público de los palcos. Hay mucho público joven en el teatro, muchos, probablemente atraídos por ver a César Sarachu, quien solía tomar cafés frente a una máquina en una serie de Telecinco de cuyo nombre no puedo acordarme.

Comienza la obra y con ella el silencio, todo lo silencioso que se puede lograr pese a que alguno no desconecta su móvil o ciega al público con la linterna de su smartphone entre la oscuridad. No creo que la mayoría de los presentes conociese a Mayorga. Lo que no cabe duda, es que muchos de ellos, volverán al teatro.

Reikiavik responde a este público con una escenografía muy simple : mesa, piezas de ajedrez, dos gorros y unas imágenes proyectas. Es fácil colarse en la mente de muchos de los espectadores. Esa escenografía cambiará, dicen. Casi los oigo desear que aparezcan los efectos del cine sensacionalista hollywoodiense. Encontramos a tres personajes, no hay más. Sus vestimentas no son nada elaboradas o originales. No lo necesitan. Con estos ingredientes comienza la obra y con ellos termina, con un público entregado pidiendo un premio nacional para el espectáculo.

Todo cocinero dice que cuando un producto es bueno, es un crimen castigarlo a base de aderezos y complicadas salsas. Mayorga no es cocinero, es matemático y filósofo, pero se da cuenta de ello. Reikiavik presenta una complejísima historia con unos niveles narrativos intercalados trabajosamente que no precisa de una bellísima presentación.


Respecto a la temporalidad, tenemos dos niveles perfectamente diferenciados que serían la actualidad y el campeonato de Reikiavik de 1972. Cómo va a ser posible estar en dos lugares a la vez en un escenario tan simplificado?.

La respuesta es sencilla, por el magistral trabajo actoral. Waterloo (César Sarachu) y Bailén (Daniel Albadalejo) permiten a través de su representación, presentar estas dos líneas temporales. Estos dos personajes tienen que representar, asimismo, los roles de Spatsky y Fischer con la única inclusión de una gorra y un sombrero. Podemos remontarnos a aquella histórica partida de ajedrez, gracias a este juego de roles que representan los dos personajes principales.

La temporalidad mayor, que engloba el resto, se encuentra en la actualidad. Los personajes están en un parque disfrutando de sus quehaceres y la presencia de un personaje perturba su acción. Indispensable es por ello, el muchacho (Elena Rayos) ya que su sola presencia sirve para recordarnos que la temporalidad presente es relevante en el espectáculo. Aparece, de paso, para ir al colegio y acaba prendado de la historia que representan Waterloo y Bailén.

El campeonato de ajedrez nos introduce en plena Guerra Fría. Nunca un acontecimiento en el mundo del ajedrez tuvo tanta importancia. Ganar o perder supone una deshonra para el país de origen de cualquiera de los finalistas. El ajedrez entra en un conflicto al que nunca ha pertenecido. Spatksy y Fischer son rivales que no pueden ignorar su mutua admiración. Reikiavik es el espacio neutral donde se llevará a cabo esta batalla entre dos ideologías y bandos. Mayorga consigue que este aspecto no esté sesgado ideológicamente, lo que da más riqueza a la obra.


El espacio también es muy relevante para construir la historia. El parque y el Reikiavik de 1972 son los espacios principales. A través de los movimientos de los personajes y del juego de roles podemos distinguir sub-espacios como las habitaciones de hotel de los dos campeones, el avión… En este apartado, a mi juicio, los espacios físicos no son tan relevantes. Creo que en esta obra merecen especial atención los que podemos denominar pseudoespacios o espacios no tangibles. En Reikiavik tenemos libertad para transitar por donde queramos. El gran trabajo actoral nos permite introducirnos en las vidas de todos los personajes representados sin ningún tipo de trabas. Podemos conocer aspectos de todos los personajes pese a únicamente tener 3 actores en el escenario. Todos estos roles tienen su propia individualidad y voz, casi sin detalles en la vestimenta podemos distinguir a los personajes. Es sin duda, un punto fuertísimo en la obra.

Aunque antes he dejado pinceladas de mi opinión del elenco, creo que debemos presentar un apartado para tratar sus virtudes. Como he señalado anteriormente, el trabajo actoral es maravilloso. Puedo repetirlo más veces, aunque ya llevo varias, pero no más claro.

César Sarachu, que desempeña los papeles de Waterloo y Fischer, ha hecho un papel soberano. Probablemente es el personaje que más texto tiene y tambié al que más intensidad se le exige en su declamación. Nunca había podido ver una actuación suya en teatro y creo que ha sido una elección totalmente acertada para este papel. Daniel Albadalejo responde perfectamente a los papeles de Spatsky y de Bailén, creo que es el perfecto complemento. Tiene menor peso coreográfico que Sarachu pero su labor declamativo con la introducción de diferentes acentos, por ejemplo, para marcar el carácter soviético de Spatsky, le hacen imprescindible.

Por último y no menos importante, aunque ella se esfuerce en verlo así, tenemos a Elena Rayos. Esta actriz es la que tiene que interpretar al muchacho y para mí, tiene un papel esencial. Su texto se remite a apenas unas pocas palabras pero el trabajo es inmenso. Sus continuas interrupciones y colaboraciones en la representación de la final de aquel campeonato de ajedrez, permiten darnos cuenta que las dos temporalidades se pueden transgredir fácilmente. Sin su presencia en el escenario, la coreografía se vería incompleta y la temporalidad quebraría. Es un personaje que toma una relevancia enorme al final de la historia. Como muchacho adquirirá poco a poco los valores del “trabajo actoral” y será heredera de la acción, dando a entender que esta representación de roles no terminará. Para concluir con el análisis es vital presentar Reikiavik como una obra como un trasfondo complejísimo.

La contribución del lado filosófico de Juan Mayorga eleva a esta obra a unos niveles de profundidad que nunca he visto en teatro. Las reflexiones metateatrales, metatextuales y del trabajo actoral se entremezclan con la necesidad de un rol en la vida, la descendencia, la decadencia y la trangresión de la propia individualidad. Juan Mayorga da vida a un espectáculo que pudo estar escrito de muchas formas, y que cada vez que se representa es de nuevo modificado. No es relevante el espectáculo, el camino es lo interesante. Como nota podemos señalar que los nombres de los dos personajes principales tienen connotaciones de dos derrotas napoleónicas. Una derrota que sufre cualquiera de los dos sistemas ideológicos en su papel de responsable del bienestar de la población. Otra más de las pequeñas críticas sumergidas bajo el espectáculo. Las demás, les corresponde a ustedes identificarlas.

Todos nos vamos a casa ilusionados tras un coloquio con el propio dramaturgo. Hoy es uno de los días que contentan a todo el mundo, amantes o no del teatro. No hay comentarios negativos de la representación.

-Se me pasó el tiempo volando- señala un pequeño a su madre.

Ya es noche cerrada y uno se acuesta. Con obras así, que fácil es ir al teatro.

#Segundoanfiteatro

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Eduardo Estévez, de baleas 

(Caldeirón, 2017)  

David González Domínguez

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