Olga Merino: "‘La forastera’ no es una novela sobre el suicidio, sino sobre la libertad, sobre la dignidad y sobre la resistencia"

25/06/2020

Olga Merino (Barcelona, 1965) estudió Ciencias de la Información e hizo un máster en Historia y Literatura Latinoamericanas en el Reino Unido. Durante los noventa trabajó cinco años en Moscú como corresponsal para El Periódico de Catalunya, y vivió la transición del régimen soviético a la economía de mercado. De aquella experiencia surgió su primera novela, Cenizas rojas, que tuvo un gran éxito entre la crítica. Cinco años más tarde, en Espuelas de papel, volvió a demostrar su interés por retratar las transformaciones sociales y el pasado reciente, línea que ha seguido cultivando en sus obras más recientes. En el año 2006 obtuvo el Premio Vargas Llosa NH por Las normas son las normas, una narración sobre las víctimas de la Guerra de Crimea. Actualmente sigue trabajando para El Periódico y es profesora en la Escola d’Escriptura de l’Ateneu Barcelonès.

 

 

 

Texto: Agencia literaria Carmen Balcells

Fotografías: Marta Calvo/ Cedidas por la autora

- Comencemos con una idea potente. ¿Qué significa para usted la literatura?

 

A la primera pregunta, touché: acaba de lanzar usted una flecha que ha atravesado el corazón de la manzana de lado a lado. Aun a riesgo de ponerme ‘estupenda’, como diría una amiga mía, confieso que la literatura es mi vida, mi forma de estar (de paso) en el mundo. He prescindido de muchas cosas por ella (no quisiera que sonara demasiado trascendente porque fueron renuncias hechas a voluntad; nadie me obligó) ¿A qué dedico el tiempo libre? También a ella. Si queda algún resto del día, leo y escribo. Y me gano la vida lo más cerca de ella que puedo: con artículos de prensa y clases de escritura creativa de las que he aprendido muchísimo. Creo que la vocación —el látigo y el don de los que hablaba Truman Capote—, me nació tan pronto como aprendí a distinguir las sílabas. 

           

- ¿Cómo definiría su proceso creativo?

 

Soy lenta, como un buey rumiante. Soy más de personaje que de tramas intrincadas. Más de mapas que de brújula, aunque cada vez más me atrevo a adentrarme en el bosque a ciegas y machete en mano. El proceso de documentación, de echarle leña a la lumbre, suele llevarme bastante, hasta que la idea va tomando forma y fermenta en mi cabeza. Consigo ser disciplinada a rachas. Pero cuando enfilo la buena senda, soy como el perro hambriento: no suelto el hueso. Procuro cuidar el idioma y el estilo.  

 

- ¿Cuáles son sus obras de cabecera?

 

Soy bastante errática y omnívora en las lecturas, pero las ramas del árbol que más he frecuentado, las que mejor conozco, son la literatura latinoamericana, la rusa y la inglesa. Si le parece oportuno, le propongo un título por cada familia: El astillero, del uruguayo Juan Carlos Onetti; El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov; y El final del affaire, de Graham Greene. Tampoco me resisto a mencionar al menos las Cumbres borrascosas de mi tierna juventud, ese amor tempestuoso y diabólico, más allá de la muerte...

       

- ¿Cuál es el germen de La forastera (Alfaguara, 2020)?

 

Durante años me obsesioné con el suicidio de un amigo cuyo padre también se había quitado la vida. Mi amigo aguardó a cumplir los mismos años y a que llegara la fecha exacta de la muerte de su padre. ¿Qué significaba aquello? ¿Por qué esa especie de ritual? ¿Existe una predisposición genética en el suicidio? Me puse a estudiar, a leer ensayos sobre el tema, conversé con sobrevivientes y entrevisté a psiquiatras. Pero la idea no acababa de tomar forma ni me apetecía escribir una historia estrictamente sobre el suicidio. Al final, supe de la existencia de una especie de triángulo en Andalucía —más bien una ‘mancha’ sobre el mapa—, entre las provincias de Córdoba y Jaén, donde la media nacional de suicidios se dispara. Supe que allí habían enterrado a una suicida con el vestido de novia, con sus tules y el ajuar, una imagen literaria potentísima. Ya tenía, pues, el paisaje, un paisaje que conozco bien por mis raíces familiares: esas serranías, esas colinas sinuosas donde la vista se pierde en un mar de olivos… ‘La forastera’ no es una novela sobre el suicidio, sino sobre la libertad, sobre la dignidad, sobre la resistencia, mira por dónde, cuestiones muy acordes con el tiempo que nos ha tocado vivir.     

 

 

 

- ¿Podemos considerar esta obra como una novela voluntariamente política?

 

De alguna manera, todas mis novelas lo son, desde la primera, Cenizas rojas (Ediciones B, 1999) , donde puse la mirada sobre los llamados ‘niños de la guerra’, miles de pequeños evacuados a la Unión Soviética durante la guerra civil en la creencia de que el conflicto apenas duraría unos meses. Me nace de natural arrimarme a los perdedores, y desde luego La forastera es una novela política en su esencia. Lo es porque habla del abandono de la España vaciada, de las peonadas en el campo que ahora hacen los inmigrantes y de la globalización, que todo lo mercantiliza. Lo es porque su protagonista, Ángela/Angie, es una mujer de más de cincuenta años, en la menopausia, a quien el sistema pretende arrinconar. Lo es porque habla de la gentrificación de Londres —la protagonista vivió allí—, un proceso que comenzó con Margaret Thatcher. Es una novela enmarcada en un paisaje rural, pero Angie podría perfectamente ser una mujer hostigada por la subida de los alquileres en Madrid, Barcelona, Bilbao…       

 

- En todos sus textos está patente la necesidad de la existencia de unas raíces. No aparecen solamente en sentido melancólico sino analítico. ¿Considera que esa necesidad de revisión de todo lo que nos (con)forma o (con)mueve es su gran tema como autora?

 

Sí, he vuelto una y otra vez a ese manantial, a las raíces, a la verdad de los muertos. Somos lo que nuestra gente fue. Lo mismo ocurre con los países. ¿Cómo se explica un país sin su historia? La de España es bastante trágica y descorazonadora. Como los versos de Ángel González,  «Nada es lo mismo, nada/ permanece./ Menos la Historia y la morcilla de mi tierra:/ se hacen las dos con sangre, se repiten».

 

- ¿Cuál ha sido su libro más costoso hasta el momento?

 

Me costó mucho redondear la tercera novela, Perros que ladran en el sótano (Alfaguara, 2012), porque durante el proceso me asaltó una extraña enfermedad autoinmune, el síndrome de Guillain-Barré, que causa parálisis y de la que por fortuna no me quedaron secuelas. Curiosamente, también la padeció Joseph Heller, autor del clásico antibelicista Trampa 22. ¿Será una dolencia literaria? En cualquier caso, el síndrome malhadado me tuvo un año en el dique seco. Me costó reponerme, volver a caminar, recuperar la fuerza en piernas y brazos… La parálisis estuvo a punto de dar al traste con la novela. Los parones pueden ser letales en el proceso de la escritura; resulta luego muy difícil recalentar el guiso, reconstruir hábitos, ajustar el tono. Sudé tinta para conseguirlo. 

        

- ¿Podría recomendarnos algún título para esta época de inestabilidad que vivimos?

 

Me encantó y reconfortó La resistencia íntima. Ensayo de una filosofía de proximidad (Acantilado, 2015), de Josep Maria Esquirol. El profesor y filósofo reivindica lo simple y sencillo como lo más sublime, lo cotidiano como lo más profundo. La vuelta a casa, a la vida corriente, a compartir la mesa con las personas cercanas, al silencio para recuperar la palabra. La resistencia al imperio de la actualidad. En este momento, con tanta confusión alrededor, la gente nos reconectamos en lo básico.

    

 

- Para terminar. ¿Tiene algún proyecto en marcha o finalizado del que pueda adelantar algo?

 

Llevo entre manos dos proyectos: una novela, de la que prefiero no hablar demasiado, puesto que todavía está hirviendo en el caldero, y un ensayito a partir de los diarios que escribí durante los años vividos en Rusia. Se trata de una mezcla de dietario en los días inmediatos a la caída de la URSS, libro de viajes y crónica literaria en clave menor. Dudo entre dos títulos, El abedul blanco o bien Seis inviernos rusos… ¿Cuál le gusta más? En fin, eso es lo que tengo ahora mismo en el telar.

 

 

 

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Nombrar es reconocer que existe,

gracias y a pesar de mí.

Cuando tras mi frente genero una sílaba, 

defino, 

coloreo y cincelo, 

tal como suena tras el abdomen. 

Junto los labios para tallarlo, llenando la entrada. 

Ahogar su grito, ese dolor tras las costillas.

 

Mencionar es la primera maniobra. 

Para ello, cubriré todas las articulaciones. 

Los otros asentirán abriendo las comisuras. 

Flotará el polvo, semilla hundida. 

Maria González, en El hambre (Maclein y Parker, 2020)  (Fragmento)

David González Domínguez

Contacto : palabradegatsby@gmail.com