Pilar Astray: "Existe un tabú sobre el hecho de que la artista tiene que vender, que venderse"



Pilar Astray (Madrid, 1990) también conocida como “Boadicea” es Comunicadora Audiovisual por la Universidad Complutense de Madrid. Autora de “El lenguaje de la gravedad” (Ruleta Rusa Ediciones) “Diez poemas medicina para que papel venza a piedra” (Libros con Miga, Accésit Leopoldo de Luis de poesía) y de “Aquelarre” (Huerga y Fierro Ediciones) directora de Mundos Flotantes (proyecto seleccionado por EmprendeLibro en el 2017-2018 por Factoría Cultural) productora audiovisual y publicación de pintura y poesía bajo la cual ha publicado “No estoy hecha para pertenecer” “Vengo del agua” “Man de Camelle y un jardín marino en el fin del mundo” y “La Queimada”. Sus poemas aparecen en medios digitales como Revista Proverso y Violeta Mag. Próximamente también serán recogidos en la antología La Trinchera (Canalla Ediciones) coordinada por David González.




Fotografía: Cedida por la autora.

Texto: www.pilarastrayboadicea.com



- Comencemos con una idea potente. ¿Qué significa para usted la poesía?


Lo primero que me viene a la mente es alquimia para trascender. El elemento más importante sería la mirada poética, con la cual sí que creo que se nace, aunque se entrena también. La herramienta sería el lenguaje, pero el haber estudiado comunicación audiovisual me hace ver el lenguaje no solamente en la palabra escrita. Digamos que he aprendido a leer las imágenes, a encontrar el texto y, a veces, la poesía en ellas, o en la arquitectura o la escultura. También es frecuente que la encuentre en las niñas, en los niños. Creo que ellos son canales muy limpios por donde se transmite la poesía, puede que no sean conscientes, pero creo que sería muy fácil empezar desde pequeños con el poema ya que la infancia está llena de curiosidad, de asombro, de espontaneidad. Ellas, y ellos, tienen lo que denominaría un ingenio sensible muy necesario para la poesía. Dicen cosas como: “Me gusta la gente que hace las cosas despacio como las tortugas”, o bien, “hay que quedarse quieto como una flor y sentir el viento”. Estas últimas frases a mí me parecen cargadas de una verdad poética, de una verdad sensible, y me las dijo hace unos días un niño de cinco años. Si eso se alimenta, si hay sensibilidad no confundida con cursilería, hay apertura de mente y, hay voluntad de trabajo, creo que se puede gestar un poeta.


- ¿Cuáles son sus poemarios de cabecera?


No tengo poemarios de cabecera, a cada poeta he recurrido según la búsqueda que esté realizando. Sin embargo, si te puedo contar, más o menos, porque tengo muchos intereses, lo que tengo más a mano. En mi mesa de noche está El libro rojo de Jung que me parece un libro lleno de poesía. Está también la Antología poética de Adrienne Rich de Visor traducida por Myriam Díaz, un montón de libros de tarot, ciencias ocultas, y las obras completas de María Zambrano de Galaxia Gutemberg.



- ¿Cómo definiría su proceso creativo?


Explosión- combustión espontánea, o bien, rumiar durante meses, días, una idea que no termino de soltar por dolorosa, por compleja, por brutal para algo que llamo metabolismo emocional lento y, que un día, puede salir a la luz si estoy tranquila, si estoy en paz para lo que considero ejercicios de buceo dentro de una misma, o dentro de las sensaciones que me trae mi percepción del mundo y que necesito llevar a microscopio poético, y ahí, descomponer, separar, conectar. A veces, tejer. Últimamente también acudo y escucho mucho a mis sueños. De ahí extraigo imágenes, información, permito que entre otra forma de conocimiento que valoro mucho en la construcción del verso.








- ¿Cuál es el germen de El lenguaje de la gravedad (Ruleta Rusa ediciones)?


La necesidad de emprender un oficio como escritora, como poeta. Es un libro que publiqué joven, y que recoge poemas de los 18 a los 24 años. Sin embargo yo ya tenía una voz poética; llevo toda mi vida y no exagero al decir esto, escribiendo. Es un poemario lleno de errores y aciertos. El germen es un intento de poesía mística moderna con ecos de poesía social, feminista. Al contrario que a mucha gente en esas edades a mí nunca me ha interesado particularmente escribir de amor/desamor, aunque también tenga algún poema de esa temática.


Creo que es muy necesario para entender el oficio enfrentarse al proceso de armar un libro, que se publique o no casi es lo de menos, pero si los poemas no se unen en una obra corren el riesgo de perderse, o bien de que una no aprenda a seleccionar, separar, enfrentarse a la crítica, a la propia, a la ajena. Siempre he pensado que las experiencias construyen mejor que la teoría y de esa primera experiencia como escritora profesional me llevo mucho y estoy agradecida de que fuera relativamente pronto.



- Aquelarre (Huerga y Fierro, 2018) es un poemario que sigue otras tendencias y resulta un texto mágico y rebelde frente a las estructuras patriarcales. ¿Fue complicado escribir los versos que hay en él?



Lo más complicado de ser poeta es la precariedad. Somos un colectivo muy vulnerable en ese sentido. Escribir, mientras tienes que trabajar de otras cosas para ganarte la vida, o bien, labrarte un futuro en otro lugar porque el poético nunca te va a dar para sostenerte con dignidad es lo más complicado del proceso. Cuando una tiene una beca, una situación más desahogada, puede permitirse una inmersión más compleja.

Aquelarre parte de investigaciones, de lecturas, de zambullirse durante años en textos considerados sagrados con la intención de deconstruir para construir una invocación a lo sagrado femenino. Hubo trabajo, hubo momentos de picar la piedra del verso, pero si tuviera que resaltar lo más complejo diría que es eso; a veces tienes la sensación de que estás dando más de lo que recibes. En términos económicos ser escritor es como ser agricultor o ganadero frente a los grandes supermercados.

En el fondo soy una privilegiada, y no tan el fondo. He podido escribir y publicar dos libros, tengo casa, comida, techo. No hay día que pueda olvidarme de lo que cuesta todo eso. Creo que es parte de mi generación, es triste saber que ni nuestros estudios, mucho menos nuestros libros van a darnos de comer. Escribir con hambre espiritual es mi constante, pero trabajo mejor con el estómago lleno.

Es vergonzoso que haya tantos poetas en situación de pobreza, o resistiendo a duras penas. Como sociedad habla muy mal de nosotras.



- ¿Cómo valora su participación en el Prostíbulo Poético?


Precisamente parte de un trabajo personal de negarme a la precariedad como artista. En el Prostíbulo Poético la gente paga por escuchar, por vivir un show de poesía. Esto no es lo común: la mayor parte de los recitales son gratuitos y el poeta no percibe nada más que visibilidad. La palabra “prostíbulo” da reparo a algunas personas, pero allí no vendemos “carne” sino poesía, con todo el respeto a las personas que ejercen la prostitución.

Existe un tabú sobre el hecho de que la artista tiene que vender, que venderse, para poder comer. Lo hace continuamente, lo de la venta, incluso no siendo consciente. Ser parte del elenco del Prostíbulo Poético me ha hecho tener menos sensación de culpa si me promociono, porque una de las cosas que trabajamos en nuestro burdel de fantasía es la aniquilación del ego. Allí no actuamos con nuestros verdaderos nombres, sino bajo la máscara de un alter-ego, de un personaje construido que no abandonamos hasta que termina la noche.





Aire. Fotografía: Hotline Poetry



Construir mi personaje me ha permitido poner en práctica todos los conocimientos de construcción de personaje que he adquirido durante la carrera. Además de que jugar con la idea de un prostíbulo de poesía ha sacado a relucir mi parte más cabaretesca, y me ha ayudado a desarrollar mi arte performativo. Hice también un taller de cabaret con Pía Tedesco que me ayudó a reconectar con mi cuerpo, a nombrarme como canal, a no negar la piel que habito. Creo que es muy importante recuperar nuestro poder físico. Trabajar con el cuerpo en una sociedad que le tiene tanto miedo es muy interesante, y como mujer, y como feminista me ha empoderado mucho liberarme de los juicios ajenos y propios, e incluso de los traumas con cómo nos lee la sociedad y nos sexualiza, siendo yo misma la que decide cómo se va a elaborar esa narrativa cuando estoy en el escenario de la Sala Equis.

Sentir que el público nos escucha con atención, que nos respeta, demuestra que en absoluto es nuestra forma de vestir, sino las personas que la ponen de excusa para realizar cualquier agresión. Soy mucho más libre desde que formo parte del Prostíbulo Poético y, también tengo menos miedo.


- ¿Cuál ha sido su libro más costoso hasta el momento?


“Liberar al clan”, que aún no he publicado. Es un poema de quinientos versos que funciona como una carta de liberación del clan. Es un canto espiritual en el que ahondo en las vergüenzas, herencia, y virtudes de mis ancestros e intento limpiarme de todo lo que estuvo antes de mí, sanarme, sanarnos. Creo que muchas personas arrastramos cadenas que no son nuestras y vienen de las personas que nos precedieron, cómo nos educaron, quiénes fueron. Es una vuelta salvaje a la niña sabia. Ha costado mucho bajar a esos infiernos a rescatarla. Sobre todo porque he sido brutalmente sincera durante el proceso. Escribir siempre te expone, manejar los traumas siempre te deja con una sensación sucia por haber entrado ahí, pero una vez los pasas por la trituradora y los transformas en otra cosa, en este caso una carta de liberación a un clan entero, te sientes mucho mejor. Escribir puede ayudarte a sobrevivir y cambiar tu historia por muy predefinida que parezca.


- Si tuviese que elegir un poema por título publicado para una futura antología de su obra poética completa. ¿Cuales serían?


Es complicado elegir solo un poema por libro. Tengo, también, poemas inéditos circulando en varias antologías como “52 semanas” de Entropía Ediciones, pero si tuviese que elegir, escogería los siguientes:


Tendrás 70 años (El lenguaje de la gravedad)

Tener la regla (Aquelarre)



- ¿Podría recomendarnos algún título para esta época de inestabilidad que vivimos?


La enfermedad y sus metáforas, de Susan Sontag. También su ampliación “El sida y sus metáforas”

El sentido de la enfermedad. Un viaje del alma. De Jean Shinoda Bolen


Ambas exploran sobre el concepto a través de los mitos y la historia. Desean desterrar el carácter punitivo de la enfermedad. Es urgente que empecemos a entenderla de otra forma.


“La enfermedad es el lado nocturno de la vida, una ciudadanía más cara. A todos, al nacer, nos otorgan una doble ciudadanía: la del reino de los sanos, y la del reino de los enfermos. Y aunque preferimos usar el pasaporte bueno, tarde o temprano cada uno de nosotros se ve obligado a identificarse, al menos por un tiempo, como ciudadano de aquel otro lugar”. Susan Sontag.


- Para terminar. ¿Tiene algún proyecto en marcha o finalizado del que pueda adelantar algo?


Mi largometraje documental sobre la figura del poeta Leopoldo de Luis; es también un relato que busca guiar en el camino del artista, especialmente en el poético. También trata sobre el exilio interior y los poetas que hicieron frente al franquismo. Es un homenaje a la generación de posguerra, y una búsqueda por acabar con el silencio aún vigente.



Tengo un proyecto mucho más personal: una película intimista llamada Tanatofobia en la que quiero explorar mi propio duelo a través del camino de Santiago construyendo poesía visual e investigando el camino desde el cuerpo, y desde el viaje hacia la muerte y cómo abordarla, enfrentarla, acogerla.


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para facer unha metáfora de todas as traxectorias

para que sexa a proa na reconquista da paisaxe

para representar o tamaño da tristeza

para pensar nas palabras coas que explicar o debuxo.

Eduardo Estévez, de baleas 

(Caldeirón, 2017)  

David González Domínguez

Contacto : palabradegatsby@gmail.com